Lo que brilla es oropel, señores!

12 08 2009

velposterVelvet Goldmine, el tercer largometraje de Todd Haynes – el bien ponderado paladín del Queer Cinema – es mucho más que “la peli que demuestra que Bowie e Iggy Pop se tenían ganas en los setentas”, porque aunque se pueda decir que estamos frente a una biopic, no es de esas basadas en la biografía oficial de los sujetos sino más bien una versión libre de la supuesta vida de los sujetos… al mejor estilo van Sant.

En fin, la secuenciainicial, ya plantea a Velvet como una de esas películas faroleras y divertidas: nos encontramos frente a vidrieras espejadas con mensajes escritos en labial, en los que los adolescentes se miran y se dan los últimos toquecitos de polvo en la nariz antes de correr desesperados al concierto de quien, en esa belle epoque, era un duque blanco y en la actualidad del film es más bien una especie de Michael Jackson canoso y pasado de cama solar.

La película es un mito, no se sabe muy bien si porque habla de dos leyendas del rock; habla de un tiempo que fue fabuloso para el mundo o porque la tarea del director es genial. Pero no conozco una sola persona de mi lista de amigos de Facebook que no haya cambiado un poco su cabeza una vez que la vio y bien saben todos Uds. que las listas de amigos de Facebook no se caracterizan por ser muy elitistas.

Habría que comenzar diciendo algo que pocos saben o se dignan en aclarar. Tanto es así que en la película hay sólo unos mínimos detalles al comienzo que señalan al escritor Oscar Wilde. Me arriesgaría a decir que a la mayoría podría pasársele por alto este detalle.

“Madame Wilde, Richard… come quickly!” Dice, en la película, la fregona que abre la puerta de la mansión familiar y se encuentra con un moisés que contiene, efectivamente, un bebe.

o-wildeAhí viven los que más tarde serían los supuestos padres adoptivos del Oscar Wilde que, en la versión Haynes de la historia, es abandonado por quién sabe qué nave espacial rutilante y colorida en la puerta de esta casona triste en la grisácea Inglaterra de 1854. Y ahí quedaron las alusiones al susodicho… sin contar al nene en cuestión, que declara querer ser un ídolo pop en la escuela 5 o 6 años más tarde (téngase en cuenta que esos ídolos pop de Haynes son más bien estrellas de rock y que ser una estrella de rock en 1860 equivalía a ser escritor).

Si, la película es enervantemente fantasiosa. Parece dirigida por dos nenas malcriadas de 12 años y esa frescura, esa desesperación por embutir todo lo que se sabe sobre cine en 124 minutos y a fuerza de todo el color y el brillo posible, es lo que hace de esta pieza, una bandera para quienes creen en la belleza como otros creen en un cuadro de fútbol o en un dios.

Por eso se vuelve tan importante tener en cuenta de que, al menos un 75 por ciento de los diálogos más importantes de la película – las declaraciones de principios, sobre todo y las cosas que resultan más brillantes a la oreja espectadora – son copy-paste de “El retrato de Dorian Grey”. Ahora, la combinación de esa obra maestra de la literatura ‘superficial’, con la parte más morbosa y arbitraria de la biografía de dos de las más grandes rockstars de la historia del S. XX es furiosamente peligrosa. Y lo mejor de todo eso: la cosa aprovechada que suelen destilar ciertas películas, ciertos directores, en ciertas producciones acá no se nota. Es puro fragor de purpurina.

the_picture_of_dorian_greySi “El Retrato de Dorian Grey” es un manifiesto sobre la belleza y el poder de su futilidad, la película también lo es. Todd Haynes no puso actores más hermosos porque les pidió que hagan fuerza pero no lo consiguieron. Aunque con Toni Colette estuvo flojo – hubiera podido poner a Angelina Jolie si era por linda; pero a Haynes se le pasaron por alto las chicas… una vez más – la presencia de Ewan McGregor – en una de sus apariciones más prodigiosamente voluptuosas – y la estampa de Jonathan Rhys Meyers como una especie de Marlene Dietrich del bajomundo gay inglés de los 70 hacen gran parte del trabajo en este film. Aunque no sería justo dejar atrás a Christian Bale, actor camaleónico y extraño si los hay, que, patetizado hasta el imposible logra una performance inmejorable para un personaje demasiado humano en ese mundo de seres rutilantes y dionisíacos.

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La cuestión es poder evadir temas superficiales cuando hablamos de una película que, entre sus principales temas, tiene a la superficialidad misma. La belleza de McGregor y Rhys Meyers hace lo que una banda sonora espectacular hace a una mala película: el trabajo duro. Pero como en este caso se trata de una película ciertamente brillante, estaremos hablando de refuerzos: las siluetas desnudas de los dos astros y, efectivamente, la banda sonora que sangra toda la genialidad que se le pueden pedir a los salvajes setentas, hacen unos encantadores refuerzos.emgjrm

Y si de superficialidad se trata no se puede dejar de decir, si se pretende ser más o menos justo, que el argumento es uno de los caprichos más insulsos que ha conocido el cine independiente hasta ahora: un muerto de hambre que se roba el talismán de la suerte de un personaje homosexual de su barrio y que gracias a él se convierte en una estrella pop, para así después conocer a un rockero del otro continente que lo enamora locamente y con el cual pretende cambiar el mundo; pero por el cual, finalmente termina por perderlo todo y… ¿aprender la lección?

No es mucho, si lo vemos de esta manera, pero la película es demasiado más que eso. Es el riesgo de darle vida a una de las voces más polémicas de la historia de la literatura, que ha planteado cuestiones que hoy en día – donde el dios de muchos se llama “cuerpo” – aún son urticantes de escuchar. Es sumarle a aquello una batería de canciones hechas por monstruos de este siglo (léase Thom Yorke, Brian Eno, Placebo, etc.) con la genialidad y el espíritu de una época que ya quedó muy atrás sin perder la oportunidad de reverenciar joyas de la música del momento (véase la estupenda versión de “Gimme Danger” de Iggy Pop a manos del multitalentoso Ewan McGregor). Es poder tener la posibilidad de ver una película que incluye una enorme batería de arriesgados recursos cinematográficos que la vuelven una delicia para el ojo aficionado y un perfecto material para el que quiera aprender más de cine y para que el que pretende abordarlo desde un lugar más activo, advierta que es posible repasar todos los peligros posibles en materia de realización y aún así crear un producto brillante y pretencioso, sin resignar ni una pizca de autenticidad.

OST- Velvet Goldmine 1





El Libertino

26 03 2008

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Veintipiquito, inglés, nuevo, pop… en fin, una monada.
Hoy le dedico un rato a Patita, A.K.A. Patrick Wolf.

La manera en que lo descubrí es, a esta altura, dudosa… recuerdo que vi su foto por alguna parte en la web y dije… “Wow, mirá la pinta de este chabón!” y bueno…bajé la foto y me quedó en la compu – gracias a Dios – con el nombre incluído.
En la foto, el pibe tenía el pelo colorado furioso y un violín en la mano. Yo pensé que era una especie de Vanessa Mae occidental, que era violinista o algo así. La foto sólo dejaba ver eso…
Un día me grabo el nombre en la cabeza y salgo para el ciber. Escribo el nombre en You Tube (léase “Iutubí”) y bueno… aparece el video de “Wind in the Wires” del flaquito en cuestión.
El auricular se oía medio feo, viste? Pero lo que se podía deducir era: mucho glamour, una onda medio oscura – tal como los Depeche Mode o los Erasure sin el éxtasis ni el daiquiri rosado; una voz profunda, una melancolía medio sensaul medio chiquilina. Un caramelo.
El tema sonaba bueno.
Como en esa época no gozaba de los beneficios del internet en casa, o más o menos en casa (entiéndanlo de una vez… por eso es que no escribo! Vivo en una pensión en Capital Federal, no tengo garantía propietaria ni coraje para comprar una trucha!) y tuve que esperar a volver a Santa Fe para bajarme los discos.
Me bajé todos los discos y uno más. Uno de Remixes y rarezas.
Igual es bastante loco tener 24 años, tener 3 discos afuera, uno de remixes y (¡¡¡) rarezas (!!!) y NO SALIR EN MTV!!

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Escuché, escuché, escuché, escuché, escuché, escuché, escuché, escuché, escuché, escuché y escuché.

Y llegué a la conclusión de que recontra vale la pena. Sip.

Después de leer parva sobre el pibe en Internet me dí cuenta de que el flaco es objeto de discusión en más de un ámbito artístico/(no) artístico. Que se peleó con Mika en su Myspace (bahhhh, quien no lo hubiera hecho)… alegando que Mika era una vagina y comparándolo con Enrique Iglesias. Después que el chico me sale en las revistas para chicas porque se viste re top y porque todavía nadie parece creerle cuando su cara grita desgarradoramente lo glamorosamente gay que se ve. Que se me enoja, porque le dicen “Baby Bowie”, que se enoja porque no le dicen nada. Que prefiere Estados Unidos, porque ahí “lo entienden”. Porque es más que un chico lindo, pero a la vez modela para no-se-qué marca.
Es una histérica. Un divinor y eso se trasluce en lo que importa: la música.

3 discos y uno de rarezas como dije.
El primero fue Lycantrophy, una obra maestra del beat ochentoso, nacido en el año 2000… El disco debut del nene lo encuentra en algún lugar entre la infancia y la adultez. Él mismo se cansa de hablar de la caída de su voz y hace, a la vez, del pop un lugar de rebeldía y enojo muy raro. Él mismo dijo, una vuelta que hacía pop porque hasta el espacio rockero se le antojaba como muy estereotipado… y, después de todo, razón tiene.
Wolf es el primero que me hizo pensar en eso: si hacés rock, sos rockero y si sos rockero sos de una determinada manera. Y, para vergüenza de todos – o por lo menos la mía de cabeza – sólo unos pocos hicieron rock a la manera que se les cantó y siguieron haciendo rock y siguieron siendo lo que se les cantaba ser: léase Bon Jovi, por ejemplo. Se que algunos lectores van a saltar como pequeñas langostas diciendo que eso no es rock ni es ser rockero; pero la realidad decanta por si misma. Bon Jovi tampoco era ni Enrique Iglesias, ni Mika… y claro está… tampoco era una vagina.
Patita tampoco, sino que se parece más a un híbrido entre Madonna, la susodicha Vanessa Mae y… no se… Morrisey o Ale Sergi, quien sabe. Pero es una dulzura encontrar canciones, por ejemplo, como lo es “Childcatcher”…
Dios! Si lees la letra de ese tema! Es un asco, es la cosa más falta de poesía y sutileza que te puedo recomendar que escuches, pero a la vez eso provee la delicia de darte cuenta de que este pibe esta completamente virgen (ojo! es una manera de decir) de cualquier cosa que pueda apestar en la música moderna. Las letras son viscerales, el ritmo es pegadizo, básico, rudo y las melodías – cuando se re copa con cualquiera de los 23 instrumentos que sabe tocar – es deliciosa, es dulce como la que incide en la imagen mental que tenemos de la hija más tierna de los Ingalls.

Wolf es una joyita, es un niño prodigio: es fiero, pero super adictivo. Hace pop para rockers, eso también es así. Su mensaje es un mensaje sanguíneo pero delicado y esto lo acerca mucho, mucho a la idea más bruta que tengo de la belleza. Y su música es una bestia hermosa: en definitiva una mixtura muy bien delineada de música electrónica y clásica; de influencias tipo Björk, Kronos Quartet, Erasure y Bowie. Una cosa muy elevada para lo que a pop se refiere hoy en día.

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Demás está decir que Patrick Wolf te inspira setentismo británico a mansalva. No le faltan los brillos, ni el make up, ni los escándalos sobre plataformas. Hasta él mismo tiene las bolas rotas de tanto aparecer en revistas de moda para chicas en el Reino Unido. Por eso parece gustarle mucho más Estados Unidos, en el que – según mis propias investigaciones – es simplemente un raro-marica-inglés más… y nada más.

No busques en MTV, ni en MuchMusic, ni en Rock&Pop… ni siquiera en el video maní de ISat porque NO… LO… VAS… A… ENCONTRAR!!!
No aparece. El mejor medio para engancharlo visualmente es, obviamente iutubí, ya les dije.

Sus otros dos discos; el segundo: “Wind in the Wires” y el tercero “The Magic Position” son tan divinos como diferentes del primero. Parece que Patita creció de un momento para el otro y, raramente, el segundo disco se vuelve mucho más oscuro, más críptico, más profundo y más romántico que el primero… Y sin mencionar que, para sorpresa de todos, el tercero es pura luz y chingui-chingui… o más o menos. Por lo menos lo chillón del chico también trae de su mano la madurez musical. Eso no se duda. The Magic Position se da lujos pendejiles increibles; como Magpie, el tema que el nene canta con Marianne Faithfull (si la viejecilla que siniestramente hacía “Laaaaa-laaaa-laaaa-laralaaaa” en el tema “The memory remains” del Reloaded de Metallica y que no sé que historia tuvo con Mick Jagger 700 millones de años atrás cuando los dos eran de… mediana edad.) O como los riffs de violines, y el zapateo grotesco, y la sutil reminiscencia medio blusera de chica que canta retorciéndose sobre el piano de un oscuro y tufiento bar del bajo Londres (Enchanted, Augustine).

Menos melancólico que el hermoso y azulado “Wind in the Wires”, que fue un disco más pelotudito; para decirlo lisa y llanamente. Y aún así una obra musical preciosa y esperanzadora respecto de las pobres expectativas que siembra esta generación de jovenes en los ojos cerrados de las anteriores.